Ateísmo, una condición humana enrumbada por la ciencia y el humanismo

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No creen en la divinidad de un ser. Se inspiran y ven en la naturaleza el origen del ser humano y todo lo que lo rodea y toman como base el humanismo y la ciencia.

Ellos, los ateos, contradicen esa visión mayoritaria que está marcada por la creencia en un Ser Superior, aquella que ha ido mutando desde la antigüedad. Charles Darwin y su teoría de la evolución es su “Biblia” y nombres como Sigmund Freud, Ludwig Feuerbach, Friedrich Nietzsche, Jean Paul Sartre, Bertrand Russell o Carl Marx forman parte de su artillería académica para defender sus ideas.

Uno de los defensores de estos escritores es Gustavo La Mota, quien a sus 40 años está plenamente convencido de que la teoría de Darwin es la responsable de que el ser humano sea lo que es. Él preside la Asociación de Ateístas del Ecuador (AAE), conformada en el 2012, pero que recientemente tuvo su primera reunión oficial en Guayaquil, para tener mayor apertura y ser escuchados en una sociedad que se ha desarrollado bajo el manto de la religiosidad.

“La explicación de la ciencia no es algo en lo que yo creo a ciegas, es algo que tengo evidencia. La mayoría cree que existe un Dios, que existe un amigo imaginario manejándonos como títeres dentro de esta Tierra, pero la realidad es que estamos solos, somos producto de la espontaneidad”, explica este exestudiante del colegio San José La Salle.

Gustavo es parte de esas 7,94% de personas que se definieron como ateas en una encuesta realizada por el Instituto Ecuatoriano de Estadística y Censos (INEC) en las ciudades de Guayaquil, Quito, Cuenca, Machala y Ambato.

Pese a que fue adoctrinado en una institución religiosa y es hijo de padres creyentes, hasta la adolescencia nunca se convenció de la existencia de un Dios. Fue recién a los 16 años que decidió no seguir ninguna creencia religiosa, cuando una amiga murió por leucemia pese a los rezos que realizaron los familiares de la chica.

Recuerda que la joven falleció sola y él después ni siquiera pudo entrar al velatorio porque la madre de su amiga no lo veía de buena manera, por su apego al ateísmo. Considera que las creencias religiosas antiguas han funcionado en determinadas épocas, pero que actualmente son usadas por dinero.

Para él, el ser humano se ha desvinculado de la Tierra al creer que es producto o creación de un ser superior, lo que ha ocasionado a su vez problemas de carácter mundial, como lo es el calentamiento global o la extinción de especies animales. Por eso “tenemos que responsabilizarnos como seres pensantes”, dice.

Tuvo distintas oportunidades para conocer las ideas de pensadores como Epicuro o Hipócrates, lo que le permitió despejar sus dudas sobre lo que consideraba cierto y real. “Hay algunos autores que ya en épocas tan primitivas del ser humano, donde no entendíamos qué era el cerebro ni la circulación, ya decían que debía haber una unidad y que era muy posible que hayamos cambiado desde las aguas”.

Pero ahora Gustavo quiere que su comunidad sea entendida. Entre algunos puntos de AAE está el hacer respetar sus derechos y ser tolerantes para evitar caer en confrontaciones con sectores creyentes. Este grupo también quiere que los ateos dejen de ser considerados como un número más en las estadísticas del Ecuador.

El peso de no creer siendo mujer

Lorena Zambrano y Darwin

Lorena Zambrano, de 30 años y esposa de Gustavo, también es integrante de AAE. Fue a la mitad de su vida cuando se volvió completamente escéptica, pese a las creencias religiosas que le inculcaron sus padres desde pequeña.

Esta joven detalla que con el internet, la lectura y sus estudios en psicología descubrió cosas nuevas, aunque para llegar a ser ateo militante es todo un proceso que también pasa por el agnosticismo hasta que ya se está seguro de lo que se cree y se afianzan las ideas. “Uno realmente no necesita a Dios, porque tú mismo puedes hacer las cosas, es tu trabajo, es tu sudor, no es ninguna persona que te está dando esa fuerza, sino que somos producto de la evolución”, dice Lorena.

Pero a ella no le fue fácil sobrellevar ante la sociedad sus ideas por el simple hecho de ser mujer. “Fue más difícil. Para una mujer es más difícil decir ‘soy mujer y soy atea’, porque hay muchos tabúes sociales”.

Sin embargo, con el pasar del tiempo pudo decir tranquilamente lo que pensaba, aunque siempre encuentra a personas que tratan de “convertirla” y convencerla de que sí existe un Dios. Para sobrellevar esto aplica la tolerancia y respeta lo que los otros creen. “Pero tampoco me gusta que me anden a cada rato diciendo ‘ah no, sí hay un Dios’ y esas cosas”, comenta.

La mayor parte de su familia sabe que es atea y la respeta, aunque sus padres no aceptan su pensamiento de buena manera; sin embargo, evita tener controversias con ellos por este tema. “A ellos no puedo cambiarles todo, hay que respetar porque sería como hacerles un daño. Ellos ya tienen su creencia, tienen su personalidad formada así”.

Lorena quiere que en el país exista una educación ciento por ciento laica y con la AAE sueña con la creación de una escuela ateísta en la que le gustaría que se educaran sus futuros hijos. Además, trabaja para desmitificar lo que es el ateísmo: “Los ateos no somos producto del diablo, satánicos o sacrificamos gatos”.

Pese a que apoya la asociación piensa que esta no debería existir, al considerar que el ateísmo es algo intrínseco en cada persona. Maneja la teoría de que todos los seres humanos nacen ateos y de que la religión se adopta dependiendo del lugar donde se vive. “Si naciste en Israel, vas a creer en Yavé; si naciste en la India, vas a creer en Krishna. Entonces, depende de donde hayas nacido es el Dios que tienes”.

Así como no cree que existe un ser superior invisible, no duda en señalar que es falso que las personas tengan alma o espíritu, y tampoco cree que exista vida después de la muerte, al estimar que son cosas que el ser humano se las ha inventado. Piensa que todo se acaba cuando se muere y se vuelve a ser parte de la naturaleza.

Un ateo que simpatiza con las religiones

Fernando Naranjo, escritor

Fernando Naranjo tiene 58 años y cuatro hijos, es escritor, arquitecto y también ateo, pero eso no le impide tener cierta simpatía con las religiones que rodean al mundo.

“El hecho de que la humanidad haya podido desarrollar esa gran habilidad para, con base en sus sueños y creencias, crear todo este sistema de adoración me parece una de las cosas más sorprendentes”, comenta Fernando.

Sin embargo, considera que los productos de las religiones pueden ser desastrosos “Dentro de la misma cristiandad nos vivimos dando palo pero a muerte, no se diga entre las religiones contrarias”.

Él se crió dentro de una familia con unos padres medianamente religiosos, donde había la creencia del Ser Supremo. Pero asegura que con el paso del tiempo, entre sus lecturas y dudas, las respuestas que fue encontrando desvirtuaban en la mayor parte de los casos la tesis de un Dios Todopoderoso.

Y explica que solo en parte, ya que la ciencia no ha contestado todo. “Yo diría que, si hiciéramos un pesaje entre lo que ha contestado y lo que falta por contestar, no hemos ni arañado la superficie del mundo. Todos los días que leo una noticia me encuentro con cosas extraordinariamente nuevas, incluso dentro de la facultad que tiene el hombre para hacer cosas”.

Su cambio para dejar la creencia religiosa que le inculcaron sus padres le significó una fuerte lucha interna, porque considera que abandonar por completo algo en lo que se cree implica un gran desafío. Cree que en esto existe gran cantidad de sentimientos involucrados y nociones, es decir, lo que antes algo le parecía normal de pronto ya no lo es. Explica también que el hombre tiende a aferrarse a aquellas cosas que creía por comodidad, con el objetivo de tener todo claro en la vida para no complicarse.

En su vida familiar, Fernando dejó a sus hijos decidir en la mayoría de edad si querían seguir una religión, por lo que algunos son creyentes y otros no. Su esposa, en cambio, sí es religiosa, aunque él dice que siempre encuentra una excusa para no acompañarla a misa, aunque de repente acude a la iglesia. Incluso cuando se iban a casar tuvieron que buscar un sacerdote con una mente más abierta y liberal que aceptara que él es ateo para cumplir con el rito religioso. “Yo no iba a dejarla ir por una fórmula que además tiene su magia”.

A Fernando no le preocupa cualquier señalamiento del que podría ser víctima por ser ateo. “Me reiría si es que eso sucediera. No creo que eso deba de preocuparnos en lo absoluto”.

Considera que tampoco debe ser una preocupación el hecho de que los ateos sean vistos como una minoría o el pensar que por ser minoría vayan a ser segregados, al recordar que en este país se vive en un estado de derecho.

“No les temo realmente a los fundamentalismos. No creo que aquí vayamos a desembocar en una situación así como hay en ciertos países árabes, o en países -que ya felizmente superamos esa forma de pensar- en que no toleraban a una persona que no creyera”.