Hay otro Guayaquil. Ese que va más allá de los adoquines de las zonas regeneradas. O el que se cuela detrás de las fachadas de casas pintadas en tonos pasteles. Es un Guayaquil de carencias, de inseguridad, de angustias, pero sobre todo de pedidos. Es ese otro Guayaquil que espera cambios. Que aguarda que las promesas que tanto le han repetido, algún día se cumplan.