Vivir en tugurios, cuando la necesidad provoca hacinamiento
El ruido de la calle empieza a perderse a medida que se avanza por un pasillo oscuro de cerca de cinco metros que conduce a un área común de la vivienda mixta de tres pisos. Un hombre canoso que bordea los 60 años, vestido con una pantaloneta azul, de rodillas sobre el suelo, trabaja en destapar un cajón de aguas servidas que se ha taponado. Aguas oscuras y mezcladas con basura se observan en la alcantarilla donde el habitante de esta casa, ubicada en García Moreno y Ayacucho, introduce un pedazo de madera para intentar destaponarla.
Se avanza tres pasos y un minúsculo patio, donde prevalece el olor a humedad por las paredes de ladrillos impregnadas de moho, sirve como el espacio donde confluyen cinco de los decenas de habitantes que ocupan esta casa de 30 cuartos. Una de ellas, cuyos ojos cafés reflejan ternura y que viste una falda negra hasta los tobillos, está en cuclillas limpiando los pescados que minutos después freirá como almuerzo para su familia. Es Rosa Sarango, quien realiza su labor con rapidez y la ayuda de un cuchillo, con el que quita las escamas que caen en una pequeña olla llena con agua hasta la mitad.
Por sus características, esta vivienda es un ‘Conventillo’. También conocidas como vecindades, son aquellas casas “que contienen muchas viviendas reducidas, por lo común con acceso a patios y corredores”, de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.

Rosa Sarango vive con su esposo y tres hijos en un conventillo de la Pedro Pablo Gómez.
En el puerto principal este tipo de estructuras, donde generalmente existe hacinamiento, se encuentran -en su mayoría- en los alrededores de los mercados, indica el director de Urbanismo, Avalúos y Registro del Municipio, José Núñez. El funcionario explica que no existe un listado de los tugurios que hay en la ciudad, porque “no es un registro que nosotros necesitamos”.
Una de ellas es donde habita Rosa quien, bajo decenas de prendas de ropa que han sido tendidas en cerca de una docena de cordeles elaborados con alambre y que salen desde las ventanas de cada apartamento, concluye la primera parte de su tarea. De inmediato, la mujer nacida en Riobamba hace 42 años y que llegó a Guayaquil hace 20, se incorpora y sube por diez escalones de madera hasta el apartamento que habita con su esposo Juan Alfredo Guamán (34) y sus cinco hijos, de 13, 9, 8, 6 y 4 años de edad. La mayor y la menor son mujeres.
Al ingresar al lugar que mide cerca de 40 metros cuadrados, con paredes de cemento y piso de madera, roban la atención cientos de botellas plásticas de diferentes tamaños, contenidas en dos pacas. Esas las vende mi esposo, explica Rosa. Por cada libra reciben cerca de un dólar. Además expenden verduras en los alrededores del mercado artesanal Machala. A diario, sus ingresos oscilan los $ 10 y cancelan $ 90 mensuales, más un aproximado de $ 15 por la luz eléctrica. Por eso, consideran que les sirve de ayuda la educación gratuita que reciben sus tres hijos mayores en una escuela fiscal ubicada a cinco cuadras. Sobre un horno industrial, dos ollas contienen lo que será el almuerzo de la familia.
El espacio, cuyas instalaciones eléctricas son deplorables, se completa con dos cajoneras, un televisor de 15 pulgadas y dos camas de dos plazas, una para los esposos y otra para los hijos, que está cubierta por un toldo y rodeada de paredes despintadas y con tonalidades oscuras. Las hijas duermen en un colchón sobre el suelo, al pie de la cama de sus padres en un cuarto contiguo, junto al principal. Todas las sábanas lucen limpias.
“Cuando algo se daña, nosotros mismos arreglamos. El dueño solo viene a cobrar y nos dice ‘si quieren, arreglen ustedes’”, comenta Sarango, mientras pone su mano izquierda en el filo de la gastada mesa donde prepara los alimentos, y lanza una mirada de impotencia.
¿En qué momento estas edificaciones se convirtieron en un conjunto de tugurios? El sociólogo urbano Gaitán Villavicencio Loor rememora que a fines del siglo 19, los ciudadanos pudientes de aquella época construyeron viviendas en las principales calles de Guayaquil, en lo que hoy es el sector céntrico y sus alrededores. A inicios del siglo 20, el movimiento territorial producido por la extensión de la urbe, provocó que los propietarios de esas casas se trasladen a vivir en sectores como el barrio Centenario.
Entonces, las casas que empezaron con una planta alta, tuvieron luego hasta tres, con la finalidad de alquilar sus espacios. Hasta la década del 50, la idea se replicó en alrededores de mercados como el Central (Lorenzo de Garaycoa y Clemente Ballén), pero la falta de interés de sus dueños por darles mantenimiento, sumado al paso del tiempo, derivó en el deterioro urbano de esos inmuebles. En la década del 70, “incendios fortuitos y/o forzados” hicieron que muchos de los conventillos desaparezcan, lo que trajo luego “celdas de cemento”, como describe Gaitán a las viviendas de hormigón cuya capacidad de habitabilidad está excedida.
La cercanía de los conventillos y tugurios a los mercados es sencilla, responde a la necesidad de estar cerca de los negocios, explica el especialista. “Todo tugurio trae como consecuencia el hacinamiento, siempre”, advierte.
Núñez afirma que en el centro de la ciudad, ha disminuido en un 90% el número de estas viviendas en la última década, a raíz de los trabajos de regeneración urbana, y que en esa zona son pocas las casas que continúan habitadas con saturación de personas.
El burócrata sostiene que esta problemática “no es algo que el municipio pueda controlar e intervenir. Puede establecer y están las normativas de construcción… pero obviamente las cosas que se pueden hacer es en función de las ordenanzas”.

Los graffittis acompañan el deterioro de los ventanales y paredes del conventillos del IESS.
La ordenanza sustitutiva de edificaciones y construcciones del cantón Guayaquil, expedida el 7 de agosto del 2000, establece como una de las condiciones para declarar la edificabilidad de una obra, a la densidad poblacional, “para lo que se establecerá el número de habitantes u ocupantes permanentes de una edificación, multiplicando el área del lote o solar por la densidad neta establecida para la correspondiente subzona” o sector.
La densidad neta saldrá de estimar la presencia de “dos personas para el dormitorio principal y una persona por cada espacio habitable cuya privacidad esté asegurada por algún componente de cierre o puerta (cuarto)”, agrega el documento.
Pero esto es algo que no se cumple en el apartamento que ocupa Martha Haro Troya en las denominadas casas colectivas de Gómez Rendón y Avenida del Ejército, también de construcción mixta. La mujer de 40 años vive en el segundo piso del bloque oeste de esta edificación construida hace más de 70 años y que en las paredes de sus largos pasillos recoge gratifis con declaraciones de amor o frases obscenas, afiches de políticos en campañas electorales de décadas pasadas, avisos de terapias para dejar la “adicción a las drogas” o carteles que ofrecen sánduches de mortadela y queso a $ 0,50 o fundas con la bebida de avena Quaker, al mismo precio.
La que vende esos alimentos, además de almuerzos y cenas, es Haro. Sentada en su pequeña sala-comedor de 20 metros cuadrados, donde -además de una mesa para cuatro personas- se encuentran dos repisas cuya altura llega hasta la mitad de la pared y que lucen copadas de objetos, la mujer de palabra sencilla y tono de voz suave, comenta que vive en este lugar hace cinco años.
Llegó con su esposo y sus hijos de 25 y 20 años. Hace casi tres años nació la tercera de los hermanos. Los dos hijos mayores ahora viven en un departamento del tercer piso, pero deben volver al de sus padres para utilizar el baño, porque el de su apartamento quedó inservible por la falta de mantenimiento.
Mientras observa su cocina -con menos de 15 metros cuadrados y que guarda además una lavadora mediana- Haro cuenta que la venta de unos 30 platos diarios ($ 2 cada uno) es el sustento familiar, mientras su esposo consigue trabajo. Además, recibe la ayuda de sus hijos mayores. Mientras seca el sudor de su frente, cree que lo más incómodo de vivir en este lugar, es el intenso calor. Considera una ayuda que no tenga que cancelar ningún valor por alquiler, luego que ocupó el apartamento en reemplazo de un familiar, que le cedió el espacio al mudarse.
Para combatir el clima fuerte del invierno guayaquileño, Haro tiene a su izquierda un ventilador. A través de la ventana del apartamento, que se completa con una cama en otro cuarto de similares medidas, el panorama externo asemeja al de una cárcel. Paredes despintadas, llenas de ventanas con rejas oxidadas y coloridas prendas de ropa que entregan su humedad al ambiente, mientras están en cordeles guindados a lo largo de las viviendas.
Martha, que tiene su cabello recogido y una blusa de tirantes, resume en pocas palabras lo que le impide a su familia vivir en mejores condiciones: dinero. “No he podido aplicar para algo mejor por falta de dinero”, sostiene. Con ella coincide Juan Alfredo, a quien se le quiebra la voz al reconocer lo incómodo del espacio donde viven, pero de inmediato saca a relucir la herramienta de su familia para sobrellevar el pesado ambiente: la unidad. “Discutimos y conversamos, hasta para lo que vamos a cocinar. Somos unidos y eso hará que los sueños se hagan realidad”, sentencia.
Porque no todo es negativo en estas casas con hacinamiento. Así lo considera Enrique Conde Lozano, quien ha vivido sus 63 años en el primer piso de las casas colectivas. Sus cuatro hijos están junto a la puerta del apartamento, mientras su esposa permanece dentro.
Siempre se habla de lo negativo de este lugar, pero no se dice que aquí afuera hay una cancha donde los chicos practican deporte y que entre vecinos nos llevamos bien, exclama Conde, mientras sostiene en sus manos los recibos de pago que datan del 2000, cuando el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (propietario del predio) dejó de cobrarles, asegura.
“La gente está consciente y sabe que tiene que cambiarse”, comenta Conde, respecto de los innumerables anuncios que han escuchado respecto de la supuesta demolición del lugar. En relación a esa posibilidad, sostiene que las autoridades deberían ofrecerles alternativas para cambiarse, que incluyan créditos, porque “somos familias de clase media para abajo”, añade.
Este hombre de voz y mirada firmes dice que le gusta vivir en el centro porque está cerca de todo, pero “no me importaría la lejanía” en otra casa en mejores condiciones, con tal de ofrecer a su familia un espacio amplio y cómodo, libre del hacinamiento.
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