Informales: Entre la oportunidad y la persecución
Expertos pregoneros, negociadores, escapistas y en ocasiones hasta malabaristas recorren la ciudad a pie y en carretillas. A veces se instalan en improvisadas mesas al aire libre para vender agua, dulces, ropa, pescado, flores, frutas, artesanías, cuadernos, plumas y un sinnúmero de productos. Son hombres y mujeres, niños y adultos que se dedican al comercio informal, de esos que abundan en la ciudad, marcando el comercio de Guayaquil entre el rechazo de las autoridades locales por la defensa de la regeneración urbana y la aceptación de los más pobres.
“Yo antes era ladrón. Ahora no molesto a nadie. Por eso es que yo les digo a los señores (policías metropolitanos) que me dejen trabajar, porque yo no quiero volver a lo mismo, no quiero robar”. Es el relato de Kléver, de 43 años de edad, piel trigueña marcada con varios tatuajes, bachiller, padre de familia, esposo y comerciante informal asentado en el exterior del centro comercial Parque California 2, en el kilómetro 12,5 de la vía a Daule. Él prefiere no dar a conocer su identidad completa para evitar la estigmatización de la sociedad por su pasado delictivo.

Un mercadillo en Abel Gilbert y Colombia impide el paso de los peatones.
Para Kléver la lluvia y el sol no impiden para que se instale a trabajar desde las 09:00 hasta las 20:00 o 21:00, de lunes a domingo, en ese populoso sector del noroeste de la ciudad, donde vende anillos, cadenas, pulseras y otras artesanías que compra en Perú o que él mismo elabora.
Él es una de las 626.369 personas que se dedican al comercio informal en el Puerto Principal, según datos del Instituto Ecuatoriano de Estadística y Censos (INEC) a diciembre del 2011. De esta cifra, 81.119 son personas de 10 a 24 años; 177.579 de 25 a 39; 212.751 de 40 a 54; 107.381 de 55 a 64 y 47.540 de 65 años o más. Cifras que tienen historias particulares, marcadas por la falta de empleo y educación.
Kléver tuvo que dejar en el 2002 un puesto en las calles 10 de Agosto y Rumichaca. De ahí lo ubicaron en el mercado artesanal de la avenida Machala y Ayacucho, donde pagaba unos $ 10 por su local, pero dice que como no veía beneficios lo abandonó y buscó las calles para vender sus artesanías.
“Si vendemos, comemos; si no vendemos, no comemos”, dice Kléver, quien agrega que no regresará al mercado artesanal, pero sí aceptaría ir a mercados como el de Peca o el de Sauces IX, donde ya no ofertaría anillos y pulseras, sino que vendería frutas y legumbres. “ Que no se gane mucho, pero que se gane algo”, afirma. Cree que cuando sus hijos
sean mayores de edad bajaría un poco su ritmo de trabajo.
“Si vendemos, comemos; si no vendemos, no comemos”, dice Kléver.
Metros más adelante del puesto de Kléver, a la sombra de un árbol y ante la mirada de delegados municipales, se ubica el manabita Samuel Cañarte, de 53 años, presidente de la Asociación de Comerciantes de Artículos Varios y Afines Guayaquil del Norte, vendedor de zapatillas y habitante de Paraíso de la Flor, quien recorre los sectores aledaños del Parque California en compañía de su esposa.
Tras la retirada de los delegados, Cañarte detalla que del sitio los desalojaron hace unos cuatro años y se trasladaron al sector de la entrada de la línea 8, en la vía Perimetral, pero que de ese lugar también los sacaron hace un año, por lo que volvieron al Parque California de manera ambulante.
El hombre dice haber hecho oficios al Municipio para que se los reubique en algún mercado como el de la Casuarina, pero todavía no tiene respuesta. Sobre ese sector también habla María Simisterra Mendoza, de 38 años, de raza negra, evangélica, madre de familia, oriunda de Esmeraldas, de donde emigró hace quince años.
Desde hace tres años, ella vende pollos junto con su esposo, Juan Fajardo, en la avenida Casuarina, por la entrada a la cooperativa de vivienda Balerio Estacio, sitio del que tiene miedo a ser desalojada. Pero la mujer se queja aún más por los precios de las aves que ponen las avícolas del sector. Ella dice que los mayoristas alteran las balanzas y a ellos les toca pagar más, lo que deja pérdidas en el negocio.
María trabaja de manera informal en ese lugar, pero no habita cerca y ni siquiera en sectores aledaños, sino que alquila un departamento en el centro de la ciudad en $ 40, donde vive con su hija de 22 años que padece una enfermedad congénita que le impide moverse. Dice tener un terreno en el sector de La Ladrillera, pero que cuando levantó una casa de caña en ese sitio sufrió el robo de sus enseres, por lo que se mudó.
Ella no ha tenido problemas con los policías metropolitanos, quienes llegan a ese sector a controlar a los comerciantes. Agrega que en una ocasión los uniformados incautaron cuchillos a algunos vendedores, debido a que estos se portaron agresivos. María conoce que se habla de un desalojo, por lo que pide su reubicación para seguir trabajando.
El artículo 329 de la Constitución de Montecristi indica que “se reconocerá y protegerá el trabajo autónomo y por cuenta propia realizado en espacios públicos permitidos por la ley y otras regulaciones”. Además detalla que “se prohíbe toda forma de confiscación de sus productos, materiales o herramientas de trabajo”. Este ítem de la Constitución fue tomado en el 2008 por el presidente de la República, Rafael Correa, para proteger el trabajo de los informales, lo que creó discrepancias con la gestión del alcalde Jaime Nebot.
Al emprender la regeneración urbana, el Municipio reguló el comercio en las zonas intervenidas. Además, mediante ordenanza, estableció que se tomarán las medidas para precautelar el mantenimiento adecuado de los bienes decomisados a fin de evitar su deterioro.
Al otro lado de la ciudad, en la ciudadela Las Orquídeas, en cambio, todos los domingos se ubica una feria libre junto a una iglesia evangélica, en la avenida Francisco de Orellana. En este sector vende sus productos Kléver Chóez, un agricultor del recinto Las Palmas de Pedro Carbo. Lleva 18 de sus 55 años trabajando ahí.
Kléver trae de su pueblo carne de cerdo, choclo, grosella, fréjol, maní, mango, haba pallar, habichuelas y, en ocasiones, gallina criolla. Dice que en la carne de res invierte unos $ 150 y que los otros productos él mismo los cultiva junto con algunos de sus hijos. Para llegar a Guayaquil desde Pedro Carbo se demora dos horas, a lo que se tiene que sumar una hora para salir desde su recinto en invierno y 25 minutos en el verano.
Señala una cancha junto a la iglesia en la que se ubicaron durante un tiempo, pero que después fue cerrada, por lo que tuvieron que asentarse en la calle. En la feria hay unos 30 comerciantes que venden también pescado, embutidos, legumbres, plantas, mariscos y otros.
En el mismo sitio se instalan Colombia Vera, de 65 años, y su esposo, Alfredo Ruiz, de 67, quienes se dedican a la venta de pollos y gallinas. Ellos compran los pollos en pie y se amanecen pelándolos para tenerlos listos muy temprano los domingos y trasladarlos desde su casa en el Bloque 3 de Bastión Popular al mercado en Las Orquídeas.
Compran 30 pollos y 15 gallinas en lo que invierten unos $ 340. “Lo que me queda son como unos $ 70, $ 80”, dice Colombia, quien para sacar a flote la economía de su hogar también vende helados artesanales en su vivienda.
Todo esto lo explica mientras atiende a una mujer que llega malhumorada con su hijo a pedir medio pollo. Ruiz al principio la atiende, pero desiste porque por problemas en su visión no puede ver el peso exacto del animal. Entonces toma el pedido doña Colombia. ¿Cuánto es?, pregunta la compradora; “tres libras”, responde Colombia. ¿Me lo puede partir?, dice la mujer. Doña Colombia toma un cuchillo y en cuatro golpes divide el ave en presas, saca y limpia la molleja y desecha las tripas en una funda llena de desperdicios de otros pollos. Ruiz cobra por la venta y la compradora se retira satisfecha. “El pollo está caro”, dice Colombia.
La pareja llegó en 1988 de un recinto del cantón Samborondón. Ellos tratan de cancelar agua y luz con lo que ganan, pero reconocen que se encuentran atrasados en el pago del impuesto predial desde el 2005, “por el motivo que no hay cómo pagar”.

Jacinto Betancourt, de 65 años, vende botellas de agua en el centro de Guayaquil, a escondidas de los guardias metropolitanos.
Pero el sitio donde más se puede observar a los informales es el centro de la ciudad, donde pululan vendedores de agua, coleros, otros que negocian útiles escolares, papel higiénico, pasta dental, fundas, chicles, caramelos, libros, y una extensa variedad de artículos. Esto se da tanto en la calle como en los buses, donde además se vive un constante conflicto con los policías metropolitanos.
Guayaquil ha sido y es sinónimo de comercio. Un movimiento que, según explica el historiador ecuatoriano José Antonio Gómez Iturralde se inició y desarrolló en el Malecón. “Empezando por las carretillas, se distribuía comida entre los lancheros y vaporinos. Y, luego, los que ejercían el contrabando de licores y cigarrillos primero tenían su base en la torre Morisca. Son las simientes de la formación de las bahías”, detalla.
Agrega que entre 1950 y 1960, o quizás un poco antes, se vivió una tendencia a la práctica del contrabando, en convivencia con las tripulaciones de los buques que fondeaban en Guayaquil y echaban los paquetes de mercadería en unas bolsas impermeables, que luego salían en canoas a recogerlas, a vista y paciencia de las autoridades.
Guayaquil ha sido y es sinónimo de comercio. Un movimiento que, según explica el historiador ecuatoriano José Antonio Gómez Iturralde se inició y desarrolló en el Malecón.
Hoy, uno de esos pequeños eslabones de la cadena comercial de Guayaquil es Rolando Morán, de 28 años de edad. Él se dedica a la reparación de relojes en las calles Aguirre y Lorenzo de Garaycoa. Padre de dos niños y habitante de Lomas de la Florida, trabaja desde las 09:00 hasta las 17:00 o 18:00 de lunes a sábado. “Tenemos un promedio de sacar unos $ 20, $ 25 diarios”.
No solo repara relojes, sino también arregla lentes, gafas, o vende armazones. Dice que sus herramientas de trabajo las tiene en un maletín, porque “todos los días vienen los señores municipales (…) y como es un maletín, uno lo que hace es cerrarlo y por ahí mismo irse escapando como siempre”.
Agrega que siempre están entre dos o tres personas trabajando con el maletín y que no se les han llevado las cosas. En la misma calle que se ubica Rolando realizan un operativo los policías metropolitanos.
Veinticinco uniformados se ubican a los dos lados de la calle Aguirre y revisan a todo aquel que parece estar fuera de la norma. Un vendedor de agua y coco, en Aguirre y Pedro Moncayo, es uno de los increpados; tres metropolitanos lo tumban contra la pared, uno le quita sus productos, mientras que otros solo observan la acción. Al vendedor, con una expresión de indignación en el rostro, no le queda otra opción que desaparecer del lugar.
Los metropolitanos y dos carros municipales avanzan por la calle justo donde se ubica Rolando, pero él y todos sus compañeros inexplicablemente ya han desaparecido. A lo largo de las vías aledañas ya no se observa la presencia de comerciantes, por lo que los metropolitanos se toman un descanso en una esquina cercana al Mercado Central; muy cerca de ellos los esperaban los camiones de traslado. Es un día normal en el casco comercial.
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