Vivir para atender emergencias en Guayaquil
Un vaso de agua con azúcar es agitado por una de las vecinas de Pepita Ramos, de 65 años, quien está recostada sobre su sofá y apenas puede entender lo que sucede a su alrededor.
Pedro Medina, paramédico del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil, llega tras el llamado de una emergencia que se registra en la 41 y la F, donde vive Pepita, a quien dos de sus sobrinas tratan de auxiliar.
Pepita luce sofocada; son casi las dos de la tarde de un soleado sábado 17 de marzo. Medina le toma la presión… está elevada. “¿Cómo se siente?”, le pregunta. Ella solo atina a decir que le duele detrás de la cabeza y que siente un hormigueo en el lado derecho del cuerpo. Su hablar es pausado y a veces no entiende lo que Medina le pregunta.
El paramédico hace un gesto de preocupación y le dice a las sobrinas de Pepita que probablemente sufrió un derrame cerebral. “Es urgente llevarla al hospital más cercano. Al Guayaquil, al Vernaza o al que quieran… ella no está nada bien”.

La paciente es diabética e hipertensa, y antes ya tuvo un infarto, según su historial médico. Pepita rechaza ir al hospital, no quiere moverse de su casa porque teme dejar solos a sus nietos.
Las sobrinas, en cambio, repiten una y otra vez que deben esperar a su hija Fátima para que resuelva dónde llevarla. “Ella (Fátima) viene en 40 minutos… ¿nos puede esperar?”, dice una de las sobrinas.
Medina insiste en que hay que trasladarla pronto a una casa asistencial y se ofrece a hacerlo, siempre y cuando alguien acompañe a la paciente.
Les explica que no puede esperar 40 minutos porque debe atender otras emergencias. Aunque el paramédico trata una y otra vez de persuadir a los familiares de ir al hospital, estos prefieren confiar en Dios hasta que llegue Fátima. “A mi tía no le va a pasar nada, hay que confiar nomás en el Señor; no le va a pasar nada”.
Cansado, Medina se marcha y deja a Pepita en el sofá donde la encontró. Lo lamenta y desea estar equivocado en el diagnóstico. La negativa de la paciente a ser trasladada a un hospital es uno de los problemas con los que los paramédicos del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil se encuentran a diario en su tarea de salvar una vida.
Esa no es la única dificultad. A ello se suma la escasa infraestructura para atender una emergencia que tienen los hospitales públicos y privados.
“No hay espacio” fue la frase que escucharon el paramédico Pedro Chérrez y el conductor Carlos Hoppe, a las 23:30 del pasado viernes 16 de marzo. Ellos laboran en el cuartel del Cuerpo de Bomberos ubicado en 10 de Agosto y Esmeraldas.
Minutos antes, a las 23:20, auxiliaron a Jenny Flores Reyes, de 43 años, quien fue atropellada en Tungurahua y Aguirre. Después de darle los primeros auxilios, ponerle un collarín y tomarle la presión, la trasladaron a la Clínica Guayaquil.
En la clínica no la recibieron porque no había “espacio”. Luego avanzaron a la Panamericana, donde Flores finalmente fue ingresada.
El no encontrar una pronta atención para los pacientes desmotiva al equipo de una ambulancia, a cuyos miembros les ha tocado “pasear” con ellos de un hospital a otro porque no hay espacio o personal médico.
Según cifras de la Corporación de Seguridad Ciudadana de Guayaquil (CSCG), entre enero y lo que va de marzo de este año el 46% de las emergencias que se reportaron en Guayaquil fueron atendidas por el Cuerpo de Bomberos de Guayaquil, el 26% por las clínicas privadas, el 15% por la Cruz Roja del Guayas y 13% por el Ministerio de Salud Pública (MSP).
El jefe de la División de Ambulancias, William Muñoz, dice que es difícil estabilizar a una víctima para luego llegar al hospital y que ahí le digan “no hay espacio, no cuento con tomógrafo, no tengo traumatólogo de guardia, el hospital está saturado, no tengo ventilador mecánico disponible”.
Por eso, insiste en que es necesario crear un ente coordinador que esté pendiente de las emergencias, como lo hay en otras partes. “El mismo 911 de Panamá tiene un ente, un servicio de 24 horas en el cual, si los hospitales no atienden, ellos van a ver por qué no lo hacen y comprueban si efectivamente tienen dañado el tomógrafo o cualquier equipo, pero aquí no sucede eso; sabemos que de pronto sí hay equipos, pero no quieren atender”.
Muñoz recuerda que antes había varios números para atender emergencias, como el 102, 101, 106, 103 y 911, y si bien se unificó a un solo número (911) porque así la comunidad solo llama a uno, el problema es que sigue siendo solo un ente despachador. “No hay un ente que me permita a mí recibir la llamada y quedarme con el paciente o la víctima y seguir el paso a paso (en atenderla)”.
Con este sistema se daría una mejor atención al paciente porque se tranquiliza al familiar al darle consejos vía telefónica de qué puede hacer hasta que lleguen los paramédicos. Eso hace una gran diferencia en comparación con el sistema que hay actualmente, en el que solo le dicen: “Ah, ¿quiere una ambulancia? Ya le envío la ambulancia”.
Para junio, el Cuerpo de Bomberos de Guayaquil espera tener 22 ambulancias funcionando, con las que se cubriría -según Muñoz- solo un tercio de las unidades que necesita la ciudad.
El director ejecutivo de la Corporación para la Seguridad Ciudadana de Guayaquil (CSCG), Roberto Ricaurte, explica que considerando las llamadas recibidas en la central 112 desde el 2009, Guayaquil requiere al menos 120 ambulancias que operen las 24 horas, los 365 días al año, con la capacidad logística y humana para estabilizar al paciente en sitio y durante su traslado hasta un centro de atención de salud.
“Esta necesidad debe ser ejecutada dentro de un contexto integral e interinstitucional que involucra el análisis de disponibilidad de hospitales, número de quirófanos, de camas, especialidades de médicos, disponibilidad de insumos, entre otras consideraciones”, señala Ricaurte.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) establece que por cada 125.000 habitantes debe haber una ambulancia de nivel 3; de tipo 2 (medicalizada), una por cada 75.000 habitantes; y de nivel 1, una por cada 25.000.
Las de nivel 1 sirven para el traslado del paciente para hacerse un examen; en estas solo va el conductor. Las de tipo 2 son aquellas que tienen medicinas para el dolor y la hidratación, necesarias para mantener la vida en una emergencia; estas son las que posee el Cuerpo de Bomberos, donde van un conductor y un paramédico.
Las de tipo 3 son las de soporte vital avanzado o nivel 3.
Entre riesgos y satisfacción
Carlos Hoppe ama conducir una ambulancia… no se imagina haciendo otra cosa. Si bien sabe que su trabajo implica responsabilidad, reconoce que cuando va con la sirena siente el deseo de pasarse las rojas y los Pare, pero que siempre les advierten en los cursos de capacitación que deben conducir con precaución.
Hoppe conoce los límites. Por ejemplo, sabe que una ambulancia no debe exceder los 70 kilómetros por hora y tiene entre cinco y siete minutos para llegar a una emergencia.
Por eso, las 18 ambulancias del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil están ubicadas por sectores. Sin embargo, a veces no se llega a tiempo y en eso también influye el apoyo de la comunidad, la que a veces no cede el paso.
Encontrar sin vida a una persona es lo peor que le puede pasar al conductor de una ambulancia, asevera Hoppe. “La gente te reclama y te quiere matar, ‘¿por qué tardaron tanto?’”.
El atender una emergencia tampoco los salva de ser víctimasde la delincuencia, dice William Muñoz, quien es médico-emergenciólogo. Él recuerda que hace poco a un equipo de ellos, mientras revisaban a una víctima, los delincuentes se le llevaron una antena y radio de la ambulancia.
Las enfermedades a las que están expuestos es otro de los temores que tienen los familiares de quienes trabajan en una ambulancia de emergencias.
“La tuberculosis y el sida son algunas de las enfermedades que mis familiares temen que contraiga, pero yo les digo que trabajo con todas las seguridades, que para eso usamos guantes”, expresa Pedro Chérrez, quien lleva 12 años trabajando como paramédico.
Y a pesar de todas las dificultades, Chérrez define a su profesión como la más bonita. “Soy paramédico porque amo mi labor de ayudar a la comunidad”.
Mientras que para Hoppe no hay nada más agradable que el “gracias” que recibe después de salvar una vida.
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