Ser carpintero naval, el oficio en astilleros

Entre la madera, la estopa y la masilla


Es, como dirían las personas entradas en años, hecho del barro antiguo; Juvencio Quinde Ramírez nunca ha tenido una enfermedad que lo lleve al hospital. A sus 75 años cuenta ya con seis décadas trabajando en los astilleros.

Allá, en las calles Bolivia y Vivero (sur de Guayaquil), donde está ubicado el varadero Marianita, Juvencio llega a las 08:00 de lunes a sábado durante dos semanas, tiempo que se toma en reparar los daños de Tiki, la embarcación pesquera acoderada en el barrio del Astillero.

Es la primera en la que trabaja en lo que va del año. Junto a él laboran once hombres más, tres de ellos de la provincia de Esmeraldas, otros de Posorja (parroquia rural de Guayaquil), y el resto de Guayaquil.

Juvencio Quinde

Todos conocedores de la carpintería naval, porque los daños en un barco no los arregla una sola persona; es una labor de equipo. “Todos pasamos unidos. Así seamos enemigos, llega un momento en que tenemos que estar todos unidos”, dice Juvencio Quinde, un hombre sencillo, de contextura delgada y pocas palabras, pero siempre directo.

Con pericia sobre los materiales y herramientas, que se utilizan en el oficio como en toda labor de carpintería, explica que la tabla de alcanfor, amarillo y guayacán son las maderas que se utilizan en el arreglo de los barcos; a las otras, después de un año, la bruma del mar las daña. “Hay diferente madera pero no es para esta embarcación… No es cualquier tabla que se usa”, enfatiza.

Tras clavar la madera, que cortan con la motosierra, se procede a cerrar las uniones de las tablas con la estopa o pelusa del coco y a colocar la masilla para sellar estas uniones del forro exterior del barco.

Mientras unos trabajan en esta parte de la embarcación, otros están debajo de ella, dedicados, con mazo y prensa, a realizar su mejor labor. Esta es la parte que va a estar en contacto con el agua y la que la va a mantener a flote.

Tras el descanso de una hora, después del almuerzo, Juvencio sube y baja la escalera que lo lleva al interior del barco, revisa las tablas, observa a sus compañeros, recoge herramientas. El oficio, relata, lo aprendió en Manta (Manabí), lejos de su natal Posorja, de la que salió a la edad de 14 años.

Sus estudios, relata, llegaron hasta el tercer grado de primaria. Su patrón Octavio Panchana le enseñó la labor que se convirtió en su fuente de ingreso, y a la que le ha dedicado toda su vida.

“Ese fue mi primer oficio y no aprendí nada más, como había hartísimo trabajo, entonces uno pasaba trabajando aquí no más”, dice Quinde, quien recuerda con agrado que la mejor época fue cuando tenía 40 años, porque había mucho trabajo.

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“Los astilleros estaban llenos de barcos para arreglar. Subían dos y bajaban dos; los carpinteros estaban todo el tiempo ocupados”, recuerda Juvencio, quien asegura hasta ahora estar conforme con lo que ha conseguido con su esfuerzo. Solo le pide a Dios salud y trabajo.

Los 35 dólares diarios que percibe por el oficio no estable, lo tiene que distribuir bien porque ahora no todo el tiempo llegan los barcos, comenta.

Esto, porque con la eliminación de la pesca de arrastre (empleo de una red lastrada que barre el fondo del mar capturando todo lo que encuentra a su paso, considerado como una práctica destructiva para el ecosistema) por parte del Gobierno, lo que en 2012 generó la protesta de pescadores dedicados a la actividad, a los carpinteros navales también les afectó, señala Quinde.

Ya casi no hay embarcaciones que arreglar. Al varadero solo llegan pocos barcos pesqueros. En lo que va del año, solo uno ha acoderado, el Tiki. “Este ha sido el primero que llega”, dice con una expresión de preocupación por la situación que enfrentan las personas dedicadas al oficio.

“Los barcos ya están amarrados por la costa, en Esmeraldas, Manta, Posorja, Puerto Bolívar… no pueden salir a faena”, refiere.

A su edad y convertido en todo un maestro de la carpintería naval se lo ve, de vez en cuando, en los varaderos del barrio del Astillero, otras veces –dice- va a Puerto El Morro. Es que Juvencio está donde hay trabajo y laborará hasta cuando pueda.

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“Yo todavía puedo trabajar. Si ya no pudiera… bueno, diría ya no”, dice. Por el momento aún tiene la fuerza para seguir laborando en aquello que aprendió en Manabí, donde permaneció durante once años, para luego dirigirse a Guayaquil, donde se casó, formó su hogar y vive su familia.

Con siete hijos, Félix, uno de ellos es el maestro contratista para los arreglos de Tiki, que ya lleva una semana en el varadero, pero aún falta mucho por arreglar.

El oficio que Quinde, a quien sus compañeros llaman “el gato” o “miau” por el color miel de sus ojos, dejará en algún momento, aún lo siguen otros trabajadores, unos más jóvenes y otros al borde de los 50.

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