
Una historia no solo se escribe, también se siente, te marca la piel. Belfort Chávez, a sus 28 años, sabe aquello. Por eso le pidió a Cindy Parra que tatuara a lo largo de su espalda un pez kói. El dolor de la aguja, introduciéndose en su piel, se asemeja a latigazos. Es doloroso, lo reconoce, pero a él no le importa resistir tres horas. Solo desea plasmar para siempre una experiencia de su vida.
- ¿Por qué un pez kói?, ¿cuál es su significado?
- Los peces Kói nadan contra la corriente, no se rinden ante las adversidades, comenta convencido Chávez, quien se identifica con la persistencia de este pez, originario de China y que fue mostrado al mundo a través de Japón. Parra asiente con su cabeza y complementa su relato con otro, el de la leyenda, que asegura que si los peces Kói conseguían nadar río arriba hasta la cascada, su recompensa era transformarse en dragones.
Este pez, acompañado de las pequeñas olas de un río, es uno de los diseños más solicitados por los clientes a hombres y mujeres que se dedican a tatuar en el norte, centro y sur de la ciudad, sectores donde ellos identifican hay cerca de 40 tatuadores.
Cindy lleva “marcando” su propia piel (tiene cinco tatuajes) y la de otros 16 de sus 34 años. ¿Cómo descubrió su vocación? “Mi primer encuentro con este arte fue cuando estaba en el colegio y tenía 16 o 17 años, cuando comenzábamos a ver los videos musicales de MTV de Aerosmith, donde se veían cómo se tatuaban. En el colegio, con amigas, empezamos a pincharnos con rapidógrafos con tinta. Era algo súper rústico, por molestar, nos marcaba, nos dolía, pero no dejaba marcas más allá de dos semanas. Yo creo que ese fue el inicio de la curiosidad hacia plasmar en la piel diseños”.
Cuando cumplió 18 años, un amigo le regaló su primer tatuaje. A su madre no le molestó que se lo hiciese. “Le pareció bien, tal vez porque es brasilera y tiene la mente un poco más abierta”. No ocurrió lo mismo con quienes la veían, “agresivos”, caminar por la calle hace 16 años.
Pero los tiempos cambian y hoy hay más aceptación. Sindy cree que se debe a la influencia del cine, la televisión, artistas, futbolistas y el intercambio cultural con países más “adelantados”. Ello ha logrado un antes y un después. El antes: relacionar a los tatuajes con ex convictos y prostitutas. El después: que un abogado o un doctor se tatúen.
Ese mismo pasado tormentoso va ligado a la propia historia del tatuaje. En las culturas egipcia, griega y romana, quienes fueron las primeros en experimentar las marcas en la piel, la técnica se utilizó para identificar a esclavos y criminales.
Cindy vive, en cambio, su presente. A los 19 hizo su primer tatuaje luego de que un amigo le enseñara la técnica. “Muchas personas comienzan a hacer tatuajes practicando en piel de chancho o en una sintética, rayando a los amigos, haciendo cosas chiquitas y después todo el mundo se arrepiente de haber sido el pato del amigo”. Eso fue lo que le pasó a una de las amistades de Sindy, quien prestó su piel para plasmar una gaviota. El resultado: “un chancho raro con alas”, recuerda risueña.
Un arte que se mueve
Hoy es una experta. Así la califican sus clientes. Belfort está maravillado con los detalles de su pez Kói. Cindy, quien abandonó el último año de la carrera de Diseño de interiores en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil para dedicarse por completo a hacer tatuajes, llama a su trabajo un arte ambulante. Lo define así porque quien se hace un tatuaje puede estar aquí, en Australia o en Japón, pero va mostrando al mundo sus trazos. “Más que nada es el compartir con la persona, hacer que esa persona tenga en su piel algo que es parte de su vida, como los mayas que tallaron en las piedras cosas que pasaron a través del tiempo, a esto yo le llamo arte ambulante”.
Por eso insiste en que la gente entienda que el tatuaje durará toda la vida. Que no es prudente dejarse guiar por la “novelería” o por el diseño que luce el amigo o amiga, sino por un modelo con el que se identifique. Que hay que cuidarse con marcarse en vida el nombre del amor de hoy que puede ser el rencor del mañana. “Así te lo saques después con láser es una cicatriz que te queda para siempre”.
En su local, llamado Tribal Zone, en la ciudadela Kennedy, Cindy recibe a personas de distintas edades, pero en especial entre 25 y 35 años. También van menores, pero prefiere no tatuarlos porque no están “seguros” de lo que quieren.
En cambio, algunos adultos sienten una fascinación por marcarse la piel. “Hay personas a las que les gusta el sonido de la máquina con que se tatúa y aunque ya se han hecho uno, vuelven a hacerse otro y otro. No pueden irse sin tatuarse”.
Gustos, zonas, excentricidades…
Una de ellas es María José Pino. Ella tiene 24 años y tres tatuajes. Pero quiere llegar a siete, el número predilecto de esta melómana. Los tres actuales están asociados a su amor por la música. Una guitarra que dice Elvis honra al Rey del Rock, Elvis Presley. Un angelito representa el logo de su DJ favorito, Armin van Buuren, y una estrella, el primero que se hizo, simboliza a la cantante canadiense Avril Lavigne.
“Mi mamá se escandalizó y no le gustó para nada porque siempre se asocian los tatuajes con el vandalismo y las drogas, pero no es así, para mí tienen un significado y siempre será la música. Después que me hice el primero y luego le enseñé los demás, ya no le molestó. Se acostumbró a la idea de que me gustan”.
El primer tatuaje de María José fue en su muñeca derecha, uno de los lugares preferidos por las mujeres para tatuarse, además de las costillas, caderas, nuca y tobillos, mientras que en los hombres son los brazos, antebrazos, pantorrillas y espalda.
Los diseños van desde lo más usual: las mariposas y estrellas, hasta símbolos polémicos como el 666, denominado por algunos grupos religiosos como “la marca del diablo”.
Este es uno de los modelos que, unas 20 personas, se hicieron en el local Tatoo Art que comparten en Ayacucho y Chile los tatuadores Leonardo Valenzuela, de 28 años y Alfredo Moreira, de 34. “Con la Biblia en mano, muchos evangelistas nos atacan porque tatuamos”, recuerda un poco disgustado Agustín Valenzuela, de 66 años, quien al principio se oponía al trabajo que hacía su hijo Leonardo. Hoy entiende que es su forma de ganarse la vida.
Moreira se tatuó el primero de sus ocho tatuajes cuando tenía tan solo 11 años. “Escribí en chino la palabra dragón en mi brazo izquierdo”. No encontró oposición de sus padres, pues sabían lo mucho que le gustaba dibujar. Aprendió de manera empírica, mirando los modelos de tatuajes en las revistas.
Valenzuela y Moreira son de los que respetan la máxima de el cliente siempre tiene la razón. Entre los tatuajes que más realizan están los nombres de enamorados y símbolos tribales, muy conocidos entre los cantantes de reggaetón, así como el pez Kói.
Las excentracidades son parte de su oficio. Lo más extraño que le pidieron hacer a Moreira fue tatuar en la lengua y en los labios el nombre de la madre de un turista puertorriqueño. “Creo que en realidad la amaba o lo hacía como una muestra de respeto”.
Los símbolos tribales también son de los más pedidos por los jóvenes en el local Pelucas y Postizos, ubicado frente al aeropuerto de Guayaquil José Joaquín de Olmedo. Allí trabaja Mauricio Rivadeneira, de 24 años, a quien también le piden bastante la delineación permanente con tatuajes de cejas, labios y ojos. Son trabajos que también realizan Moreira y Parra. Los costos de estos y los artísticos, como el pez kói, varían entre los $ 10 y $ 700.
¿Riesgos?
Rivadeneira tiene 15 tatuajes en su cuerpo y asegura que cada uno tiene un significado muy especial. A diferencia de Parra y Moreira, Mauricio nunca tomó cursos de dibujo, que es su pasatiempo favorito.
Los tres coinciden en las advertencias a la hora de tatuarse y dan dos consejos: Que las agujas, puntas y las tapas en donde se coloca la tinta (pigmento vegetal) deben ser descartables. Y el más importante, según Rivadeneira y Parra, es ver los trabajos anteriores del tatuador, en especial en esta época en que los clientes quieren lucirlos en la playa.
Otra advertencia viene de la mano de los prejuicios: cuidado son un obstáculo a la hora de conseguir un empleo.
La brasileña Waneza Torres, de 28 años, recuerda que una vez tuvo problemas en su país para conseguir un empleo debido a sus tatuajes y aunque no es muy común este rechazo de los empleadores en su tierra natal, no sucede lo mismo en Ecuador, donde rememora que uno de los clientes de Parra debió borrarse un tatuaje que se hizo en la nuca para evitar que su empleador la despidiera. “Hay que pensar bien dónde se lo va a hacer”.
También hay que pensar en los cuidados. Parra advierte que el tatuarse es similar a un raspón que demora en cicatrizar unos ocho días y para lo que se recomienda usar una crema cicatrizante y no ingerir durante este periodo mariscos, chancho y alcohol. Tampoco exponerse al sol para que la piel sane más rápidamente.
Así como hay personas a quienes les fascinan los tatuajes, hay otros que lo consideran de mal gusto e innecesario pues se cree que nunca más podrán ser donantes de sangre, algo que no es del todo radical, según lo explica Margarita Murillo, coordinadora provincial de donación voluntaria de sangre de la Cruz Roja del Guayas.
“Las personas que se hicieron un tatuaje y ha pasado más de un año sí pueden donar. Hay que esperar un año, porque por tatuarse algunos utilizan la aguja de otro y pueden contagiarse de hepatitis B o hasta de VIH (Sida). La tinta no causa ningún daño a la sangre”.
No obstante, aclara Murillo, a los que tienen “exceso” de tatuajes no se los puede aceptar como donantes. “En ocasiones no tienen una vida muy organizada, utilizan drogas, alcohol o tienen una vida promiscua y nosotros estamos tratando de salvar la vida de una persona que está convaleciente, la sangre es su medicina y no podemos arriesgarnos”.
¿Cuáles son las motivaciones para un tatuaje? Rommy Albuja, psicóloga, tiene una visión crítica del tema: Ella asegura que en nuestro medio tiende a ser un modelo de imitación de la cultura carcelaria extranjera, que es una forma de desafío adolescente a la autoridad, pero además que es una muestra de inseguridad.
Pero María José Pino o Waneza Torres tienen otros porqués. La primera grita su música con los tatuajes. Y Waneza grita, en cambio, las huellas de su vida: “Cada tatuaje trata algo de mi vida. El que tengo en el brazo significa una mujer fuerte como un guerrero pero también hermosa como una geisha”.
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